sábado, 28 de noviembre de 2009

Llegaba tarde. La maldita alarma había sonado y yo le había puesto para que volviera a sonar diez minutos después. Pero algo debió de salir mal. No sonó. O quizás sí. Pero yo tenía sueño. Me había despertado a las seis de la mañana y me había costado volver a dormir. Culpa tuya. No llegaba muy tarde. Cogí el abrigo, la carpeta y el mp3. Salí de casa con la sonrisa puesta, como decía aquella canción. La gente se te queda mirando cuando te ve sonriendo por la calle. Qué pena. Así que me fui al metro. Escuchando música. Sonriendo. Cantando entre dientes.
Justo llegué y llegaba el metro. ¡Y con sitio para sentarse! Asi que una vez sentada saqué una hoja de la carpeta y me puse a escribir. Tenía la cabeza llena de cosas.
"Hola Marta"
Levanté la cabeza de golpe. Casi de un brinco. Delante de mí había un chico. No muy alto. Delgadito. El pelo negro. Me sonaba, pero no conseguía recordar de qué.
"¿Te acuerdas de mi? Soy.... " (no pongo el nombre, por eso de respetar la intimidad...)
Y mi mente viajó al instituto. Al último año. Miles de imagenes a mi cabeza. Se sienta a mi lado y empezamos a hablar. De todo y de nada. De cómo nos iba la vida, de qué habiamos hecho desde que dejamos el instituto, de antiguos compañeros... Y de pronto...
"A veces te veo, pero nunca me he atrevido a acercarme a saludarte. Hasta hoy"
"¿Y eso?"
"Pienso en lo tonto que fui en el instituto"
"Todos somos tontos en el instituto, ¿no? es lo que toca"
Sabía que la que se estaba haciendo la tonta ahora era yo. Pero no me apetecía a entrar en una conversación que si hubiera tenido que existir tenía que haber sido tiempo atrás. Pero él si parecía querer tenerla.
"¿Te acuerdas del viaje a Cracovia? Pasé mucho tiempo pensando en cómo no me había fijado en ti antes".
Claro que me acordaba. Todos juntos. Al lado de un río. Haciendo un pequeño botellón. Las chicas estábamos sentadas en un pequeño muro. Los chicos en corro un par de metros por delante nuestra. Y yo preguntándome qué hacia entra esa gente. Y de pronto, una chica, que ni siquiera recuerdo su nombre me dice:
"Marta, ¿por qué no te acercas y ves de qué están hablando?"
"¿Por qué yo?"
"De ti no sospecharán" ¿De mí no sospecharían? ¿De qué iba esa chica?
"Si quieres saberlo, pregúntaselo"
"anda..."
"Chicos, que aquí las chicas quieren saber de qué estáis hablando. Supongo que para saber si habláis de ellas".
Las chicas con la boca abierta. Los chicos volviéndose sorprendidos. Y él mirándome como si no me hubiera visto nunca.
"¿Bebes?"
"Ya ves"
"Nunca te había visto beber"
"Nunca me habías visto fuera del instituto... Y no me da por llevarme la litrona a clase".

"Nunca comprendí porque te obstinabas con salir con esas chicas pudiendo haber salido con los más populares del instituto"
"----- ¿Cuándo fue la última vez que viste a alguno de esos "populares"?
"No sé"
"Yo vi a Laura ayer. ¿Lo entiendes?"
Silencio. Sabía que lo había comprendido. Aunque quizás lo comprendiera mucho tiempo atrás. Cuando, de pronto, empezó a aparecer en los bares a los que iba, cuando empezaba a sentarse, en el patio, en las gradas enfrente a las que me sentaba yo.
"¿Sabes? Cada vez que escucho "el roce de tu cuerpo me acuerdo de ti"
Bajo la cabeza. En actitud (falsa) de verguenza. Sabía por qué se acordaba de mi con esa canción. Pero, ¿Cómo decirle que yo me acordaba de otra persona al escuchar esa canción? Mi presunta timidez parece animarle.
"¿Puedo preguntarte qué es lo que signifiqué para ti?" Y yo sólo puedo pensar que esas frases suelen ser las chicas las que las dicen. Demasiado temprano para ese tipo de reflexiones.
"Te escribí un par de relatos" Rápidamente me arrepiento de esa frase. "¿Sigues escribiendo?" Parece ilusionado. "Sí, lo intento". ¿cómo explicarle que esos relatos que empezaban hablando de él, acaba convirtiéndose en un personaje de segunda, que la protagonista nunca acababa con él...
Y me da tristeza. Para él fui más importante de lo que fue él para mi. Ni siquiera había vuelto a pensar en él después de tantos años. No suelo recordarlo cuando pienso en el instituto.
"¿En qué estación te bajabas?" pienso de golpe al ver el cartel de "Colombia".
"En Avenida... " No termina la frase. Se da cuenta de que se ha pasado de estación. "Mierda..." Se levanta de golpe y va a la puerta, se vuelve "Podriamos quedar algún día si..." No hace falta que continue, le miro fijamente. Baja la cabeza "Me ha encantado volver a verte. Estás mucho más bonita que hace unos años" "gracias, hasta otra" "Hasta otra"
Le veo salir del vagón y cómo me mira através del cristal. Estoy triste. No era justo. Personas para las que has significado algo, no significan tanto para ti... Y suponía que viceversa. Y es triste pensar eso. Pensar en momentos especiales para ti que, quizás, no lo fueran tanto para la persona con la que los compartistéis. Con algunas personas sí lo sabes (a veces, por desgracia, por el dolor que ves en sus ojos en el momento de la despedida), con otras... No. Y no sé si es mejor saberlo o no saberlo.

martes, 3 de noviembre de 2009

mal de escuela

Hoy, quiero poneros un texto de un libro que estoy leyendo y que va muy acorde con el tema de la entrada anterior. El libro se llama "Mal de escuela" de Daniel Pennac. Empecé con el libro con ganas e ilusión. Unas ganas e ilusión que me contagió mi profesora del nuevo curso que estoy haciendo... Espero que os guste. A mí me hace reflexionar, pero claro... Es mi vocación.

Nuestros "malos alumnos" (de los que se dice que no tienen porvenir) nunca van solos a la escuela. Lo que entra en clase es una cebolla: unas capas de pesadumbre, de miedo, de inquietud, de rencor, de cólera, de deseos insatisfechos, de furiosas renuncias acumuladas sobre un fondo de vergonzoso pasado, de presente amenazador, de futuro condenado. Miradlos, aquí llegan, con el cuerpo a medio hacer y su familia a cuestas en la mochila. En realidad, la clase solo puede comenzar cuando dejan el fardo en el suelo y la cebolla ha sido pelada. Es difícil de explicar, pero a menudo solo basta una mirada, una palabra amable, una frase de adulto confiado, claro y estable, para disolver esos pesares, aliviar esos espíritus, instalarlos en un presente rigurosamente indicativo.
Naturalmente el beneficio será provisional, la cebolla se recompondrá a la salida y sin duda mañana habrá que empezar de nuevo. Pero enseñar es eso: volver a empezar hasta que nuestra necesaria desaparición como profesor. Si fracasamos en instalar a nuestros alumnos en el presente de indicativo de nuestra clase, si nuestro saber y el gusto de llevarlo a la práctica no arraigan en esos chicos y chicas, en el sentido botánico del término, su existencia se tambaleará sobre los cimientos de una carencia indefinida. Está claro que no habremos sido los únicos en excavar aquellas galerías o en no haber sabido colmarlas, pero esas mujeres y esos hombres habrán pasado uno o más años de su juventud aquí sentados ante nosotros. Y todo un año de escolaridad fastidiado no es cualquier cosa: es la eternidad en un jarro de cristal.