Los niños no paran de sorprenderme. Siempre recordaré, no sé si ya lo he dicho alguna vez, aquel niño con el que estaba sentada en el patio y de pronto, miró al cielo, y dijo: "¿Quién ha roto la luna?" Miré hacia arriba y allí la vi. En cuarto. Y miré al niño... Que frase más hermosa... ¿Quién ha roto la luna? "Profe, ¿sabes? Las lunas son mis amigas" "las mías también peque" Por eso la llevo grabada en la espalda, por esa sensación que tuve a los seis años en la terraza de mis padres y que suele hacer que la gente me mire con cara de "estás zumbada" cada vez que se lo cuento a alguien.
Pero volvamos a los niños... Hace unas semanas, en el patio, haciendo deporte con los niños de cuatro años vino uno con una mariquita en la mano para enseñármela, todo feliz. Mario, otro de los niños, se le acerca y le pide si puede verla. La coge, la tira al suelo y la pisa. David, pobrecito mío, se pone a llorar. Me acerco y le pregunto a Mario por qué ha hecho eso, por qué había matado a la mariquita. Él me miró, serio, sin comprender muy bien por qué le regañaba y me dijo: "No pasa nada, la enterramos, rezamos un padre nuestro y va al cielo".
Así lo solucionaba todo. Y sin querer hice un pequeño paralelismo con la filosofía de la iglesia a lo largo de los años. Y no sabía, no sé, si escuchado en la voz de un niño suena más inocente o más cruel.
Por cierto, no le dejé que le rezaran.
Reseña de cine: "Recuerdos perversos" (2007)
Hace 6 años
