jueves, 28 de mayo de 2009

Hoy estaba en el andén del metro. Leyendo mi última adquisición "Cuando ya no importe" de Onetti. Llega el vagón. Entro. Actualmente casi nunca me siento. No suelo estar en cada linea más de tres paradas. Asi que me apoyo en la puerta y sigo leyendo. La voz de una señora mayor me llama la atención. Le está diciendo a alguien que se siente en su asiento. Levanto la vista. A mi lado, de pie, hay una mujer embarazada. Miro los asientos. Todos ocupados. Todos por gente joven. Excepto el de la mujer mayor que se está levantando. El resto de la gente mira hacia otro lado. Al final, un hombre que está al lado de la mujer se levanta y le dice a la mujer embarazada (que se había negado a que la anciana dejara su asiento) que se siente en su sitio.
Y empiezo a pensar como la gente se ha vuelto tan egoista, como se nos han olvidado los principios básicos. Cómo olvidamos el respeto a los mayores, a los profesores... Sí, digo lo de los profesores porque me toca de cerca. Hoy me comentaba una compañera de trabajo (sí señores, volví a cambiar de trabajo y ahora estoy en un cole... Mejor no decir la zona que ya he tenido demasiado cachondeo por eso) que el año pasado tenía un alumno que las llamaba de putas para arriba, que les amenzaba... que un día tuvieron que sacarle entre dos (una cogiéndole de las manos y otra de los pies) para que no acabara dándole una paliza a otro alumno. Y, sin embargo, los padres ignoraban este asunto. Decían que las profesoras eran unas exageradas. Es cierta esa afirmación de que "no hay más ciego que quien no quiere ver". A veces nos ponemos un velo sobre los ojos y no vemos más allá de nuestro mundo perfecto que nos hemos montado y que, lentamente, se va deshaciendo como castillos de arena... Sin darnos cuenta.

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